Por Alicia Dujovne Ortiz

André Breton nació en dos fechas distintas. La de sus documentos era el 19 de Febrero de 1896. Pero la que eligió, a causa de su pasión por la astrología fue el 18 de ese mismo mes y de ese mismo año. Una infancia en Normandía y Bretaña bastante triste, una madre fría y dominadora y un padre algo borroso, acaso estén en el origen de ese deseo de transformar lo real. Más tarde, por imposición familiar, Breton realizó estudios de medicina que, en 1916, durante la Primera Guerra mundial, lo llevaron a trabajar en hospitales psiquiátricos y a descubrir la obra de Freud. Estas lecturas freudianas, unidas a su encuentro con Tristan Tzara, el fundador del dadaísmo, lo incitaron a experimentar con una escritura despojada de todo control racional -la escritura automática, desarrollada en su primer libro, Los campos magnéticos31 Arquitrave Junio de 2008, publicado en 1920-, y a formular el credo surrealista. Tras fundar la revista Littérature, junto a Philippe Soupault y a Louis Aragon, en 1924 Breton se convirtió en el máximo dirigente del movimiento (sus acólitos fueron los dos poetas ya citados, a los que se agregaron Paul Eluard, Michel Leiris, Benjamin Péret, René Crevel y Robert Desnos), y dio a conocer el primer Manifiesto Surrealista. «El surrealismo -proclamaba- se basa en la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación, que hasta su aparición han sido desdeñadas, y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los otros mecanismos psíquicos y a sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida». En 1927, Breton, Eluard y Aragon se afiliaron al Partido Comunista. A partir de entonces y hasta 1935, cuando Breton rompió con la doctrina comunista, las excomuniones se sucedieron y multiplicaron. En 1929, el Segundo Manifiesto Surrealista dio lugar a las más enconadas batallas. Soupault, Desnos, Roger Vitrac, Antonin Artaud, Salvador Dali fueron considerados réprobos y excluidos del grupo por un Breton progresivamente autoritario, que no sólo imponía a sus seguidores sus opiniones del momento, sino también sus gustos personales: los surrealistas tenían prohibido, entre otras cosas, escribir novelas, beber bebidas de color verde y entregarse a preferencias sexuales no aprobadas por su jefe. Una venenosa polémica con Georges Bataille,el teórico del mal en la literatura, que, en colaboración con el cubano Alejo Carpentier, publicó un libelo contra Breton intitulado Un cadáver, ha quedado como la más acabada expresión de lo injurioso de que se tenga memoria en el terreno de las letras. Después de publicar, en 1930, La Inmaculada Concepción y en 1932, Los vasos comunicantes en colaboración con Eluard; después de su casamiento con Jacqueline Lamba y de su viaje a México, donde la influencia de Trotsky lo movió a redactar un Manifies-32 Arquitrave Junio de 2008 to por un arte revolucionario independiente (vale decir, independiente del estalinismo), la Segunda Guerra mundial lo convirtió en exiliado. Durante cinco años, en Nueva York, Breton continuó dirigiendo a sus dispersas huestes, editó su Tercer Manifiesto Surrealista y la revista VVV , escribió La linterna sorda y conoció a la chilena Elisa Claro, que se convertiría en su tercera esposa. André Breton volvió a París después de la guerra. En 1956 publicó una nueva revista, El Surrealismo Mismo, cuyo título da a entender que el verdadero surrealismo es el suyo y no otro. Murió diez años después en el hospital Lariboisière de París. No más de mil personas asistieron a su entierro en el cementerio de Batignolles (sobre su tumba se erigiría una estrella polar esculpida sobre el granito, con las palabras: «Busco el oro del tiempo»); pero esas mil personas eran en su mayoría adolescentes que, aunque nunca lo hubieran visto de cerca, habían crecido alimentándose con Nadia y con El amor loco. Libre de rencillas mezquinas y luchas de poder, lo fundamental del mensaje de Breton ha quedado intacto. Esos jóvenes que lo acompañaban en su muerte eran los mismos que gritarían en las barricadas parisienses, durante la revuelta estudiantil de Mayo del 68: «Viva la Revolución Surrealista» y «La belleza será convulsiva o no será»
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